Su origen, constituido en la festividad ancestral del Uchuy Poqoy, dedicada a la pequeña floración o maduración inicial de las plantas, la cual coincidió con las festividades europeas introducidas por los colonizadores, dando lugar a un proceso de sincretismo cultural. El encuentro entre las celebraciones agrícolas andinas e hispanas permitió que se consolidara como antecedente directo de la danza actual. Así, la festividad adquirió elementos simbólicos tanto de la cosmovisión agrícola andina como de la religiosidad colonial, configurando una expresión festiva híbrida que persiste de generación en generación. El carnaval de Ichu, se ejecuta principalmente en los días previos al miércoles de ceniza, destacando la participación de jóvenes que celebran la vida, la fertilidad y el surgimiento de romances propios del tiempo.
Su vestuario refuerza la identidad cultural local y preserva técnicas textiles ancestrales. Los varones utilizan sombrero o chullo, saco corto, camisa de bayeta, chaleco bordado, pantalón negro con aberturas, faja o chumpi, lliqlla, ojotas y, en ocasiones, llevan quena o pinkillu. Las mujeres visten montera decorada, blusa bordada, varias polleras coloridas, faja con iconografía tradicional, lliqlla multicolor, reboso y ojotas, además de portar wichis. Esta indumentaria destaca por sus bordados florales, colores intensos y elementos simbólicos heredados. Los colores y diseños presentes, evocan las flores que brotan en esta época: rosas, dalias, claveles, amapolas y lirios. Esta conexión se refleja tanto en la energía rítmica de la danza como en sus movimientos circulares, los cuales representan fertilidad, renovación y alegría comunitaria.
La música tradicional que acompaña esta danza se caracteriza por un ritmo festivo y repetitivo interpretado principalmente con pinkillu, tarolas, bombos y tambores. El pinkillu, flauta aguda de caña, es un instrumento ampliamente dominado por los jóvenes de la comunidad, lo que hace que la danza no dependa de músicos profesionales. En la interpretación, los hombres suelen silbar y las mujeres cantar, reforzando un ambiente ritual y comunitario que acompaña tanto los desplazamientos como las figuras coreográficas.
Su coreografía expresa un fuerte vínculo simbólico con el cosmos altiplánico. Los danzantes ingresan desde los cuatro costados del espacio escénico, representando la llegada de los cuatro suyos, para luego formar un círculo que simboliza el sol resplandeciente. Posteriormente se organizan en filas para ejecutar pasos como el pasjasi y el arcopuncu, que integran agachadas, elevaciones y secuencias de enamoramiento propias del carnaval. El movimiento de los wichi wichis y los juegos de honda son elementos escénicos distintivos que acompañan los giros, saludos y despedidas.
El Carnaval de Ichu ha adquirido relevancia regional al formar parte de las actividades de la Festividad de la Virgen de la Candelaria, una de las celebraciones más importantes del altiplano peruano; esto ha impulsado su visibilidad ante turistas locales, nacionales e internacionales. Su riqueza cultural, su vitalidad juvenil, la relación con la agricultura andina y su expresivo sincretismo lo convierten en un atractivo clave para el fortalecimiento del turismo cultural sostenible en la zona; constituye una de las expresiones más representativas del patrimonio cultural aimara del altiplano, pues conserva prácticas simbólicas, musicales, textiles y agrícolas que reflejan la identidad viva de la comunidad de Ichu, asimismo, mantiene un carácter comunitario que permite al turista observar de cerca la participación intergeneracional, los rituales agrícolas y la interacción espontánea entre música, danza y vida cotidiana. Las rutas hacia las chacras, los desplazamientos colectivos, la presencia de músicos locales y la convivencia directa con las familias de Ichu configuran una propuesta turística inmersiva.