Hace ya muchos ayeres, en los confines de una iglesia de muros cansados, existía un camposanto que el párroco, celoso de la paz de los difuntos y harto de los entierros clandestinos, decidió cercar con un murallón de piedra. Tras esa frontera de cal y canto quedó atrapado un pasadizo estrecho y sombrío, un callejón de casuchas humildes donde el sol parecía negarse a entrar.En aquel rincón olvidado vivía una mujer cuya alma era tan gacha como su espalda. Mezcla de bruja y arpía, su único alimento no era el pan, sino el veneno de la maledicencia. Desde su ventana, atisbaba como una sombra hambrienta, diseccionando con la mirada la vida y milagros de cada morador del pueblo para luego destrozar reputaciones con su lengua viperina.Una noche de neblina espesa, mientras la vieja escudriñaba la oscuridad desde su puesto de vigía, un eco de cánticos lúgubres comenzó a rebotar en las paredes del callejón. Al girar la vista, sus ojos se abrieron con desmesura: del fondo del pasaje emergía una procesión silenciosa, envuelta en el fulgor vacilante de los cirios.Creyendo que se trataba de algún rito piadoso olvidado por su memoria, se arrodilló sobre las maderas crujientes y comenzó a musitar rezos mecánicos. Cuando el cortejo pasó frente a su ventana, un espectro de rostro hundido se desprendió de la fila. Con un gesto gélido, le extendió una vela y, con una voz que parecía brotar del fondo de una tumba, sentenció: "Mañana, a esta misma hora, me la entregarás".
La mujer, hipnotizada por el terror, guardó el encargo en un pesado baúl. Sin embargo, al quedar a solas, la duda comenzó a carcomerla. No había santo que celebrar, ni fiesta que conmemorar. En ese instante, unos rítmicos y secos golpes provinieron del mueble. Al levantar la tapa, el grito se le ahogó en la garganta: la vela ya no estaba; en su lugar, yacía una canilla humana, un hueso amarillento y frío.Loca de espanto y sintiendo el aliento de la muerte en la nuca, buscó al amanecer el auxilio del cura. A sus pies, desgranó una confesión amarga, vomitando por fin todos los pecados, las honras destruidas y el daño que su maldad había sembrado. El sacerdote, tras increpar su conducta con severidad, le dio el único remedio capaz de burlar el reclamo del más allá.A la noche siguiente, la vieja esperaba en su ventana, temblando como una hoja seca bajo el peso de un niño que llevaba en brazos. Cuando la procesión de espectros apareció nuevamente y la misma figura de ultratumba extendió su mano esquelética exigiendo su prenda, la mujer siguió el consejo del párroco: pellizcó con fuerza a la criatura.El llanto del inocente rasgó el silencio sepulcral del callejón con una pureza desgarradora. El ánima, al escuchar aquel lamento de vida, retrocedió un paso y bramó con una voz que hizo temblar los cimientos: "¡Por esta criatura te has salvado!"En un parpadeo, los cirios se extinguieron. La procesión se disolvió en la nada y un silencio absoluto reclamó el pasadizo. Al día siguiente, los vecinos encontraron a una mujer distinta. La bruja había muerto para dar paso a una santa.Desde aquel encuentro, la anciana jamás volvió a asomarse para juzgar al prójimo, dedicando sus últimos años a la oración y la humildad. Tras su partida, el pueblo, en un susurro de respeto y temor, bautizó aquel sitio para siempre como el Callejón de las Ánimas.