La danza del Anti es la expresión tradicional de Huaricolca, reconocida como una danza autóctona y considerada patrimonio cultural del distrito. Históricamente, se vincula con la resistencia indígena frente a la presencia española, lo que la ha convertido en un símbolo de memoria histórica e identidad local.
Según la tradición oral, su origen se remonta al paso de Juan Santos Atahualpa por Huaricolca, acompañado de nativos amazónicos. Se relata que algunos de ellos fallecieron debido al intenso frío de la zona, mientras que los sobrevivientes comenzaron a danzar para entrar en calor, dejando así una huella perdurable en la memoria colectiva de la población.
A lo largo de los siglos, la población huaricolquina ha adoptado y reinterpretado este relato, transformándolo en una danza que se integra a sus propias festividades. Así, la danza del Anti se ha consolidado como una expresión cultural propia del pueblo.
En la actualidad, no solo se presenta en el ámbito local, sino también en festivales regionales y nacionales, donde es reconocida como una de las manifestaciones folklóricas más representativas de Tarma.
La danza del Anti se ejecuta principalmente durante las festividades de las Cruces de Mayo, en concordancia con el ciclo agrícola y pastoral de la zona altoandina. Asimismo, forma parte de la celebración de Santa Elena, patrona del distrito, cada 14 de junio. En estas fechas, autoridades, barrios y agrupaciones artísticas se reúnen para presentar la danza en las principales calles del pueblo y en la plaza principal.
Su coreografía se ejecuta en cuadrillas compuestas de ocho a diez parejas, con una estructura que coloca a las parejas en filas frente a frente, con un ritmo inicial suave y ordenado que permite caminar a los danzantes con pasos pausados y elegantes, realizando figuras circulares y desplazamientos en fila, utilizando sus pañuelos como parte de la expresión coreografía, para luego terminar con una fuga de ritmo acelerado en la que los danzantes zapatean y se mueven dando vueltas en sus posiciones y ejecutando cruces rápidos entre parejas.
En lo concerniente a la música, la danza del Anti se acompaña de una orquesta del centro del Perú en el que se destaca el saxofón, clarinete, arpa, violín y la güira, que sostienen un ritmo marcado pero moderado. En la vestimenta, las mujeres lucen polleras largas de color rojo con franjas negras, monillo blanco adornado con piedras de fantasía, con una mantilla blanca pequeña que cubre sus hombros y parte de su espalda, portan en sus manos una manta de color celeste con encaje blanco y zapatos de charol negros. Los varones usan chalecos de casimir color oscuro, con pantalón y zapatos de vestir de la misma tonalidad, portan en sus manos una manta de color rojo con encaje blanco (la mitad de tamaño que el de las mujeres), debajo de la rodilla llevan una tela de color naranja con encaje plateado que cubre la pierna hasta la altura del zapato y en el pecho llevan dos collares cruzados en forma de banda, de una pulgada y media de grosor, elaborados con huayruros y otras semilla amazónicas que buscan imitar elementos de la vestimenta asháninca.
Una pieza central en la vestimenta de varones y mujeres es un singular tocado o corona, inspirado en el “amatseerentsi”, corona ceremonial asháninka elaborada con carrizo tejido, adornada con hilos de colores y plumas de guacamayo utilizada por sus líderes. En Huaricolca este tocado tiene características propias, siendo elaborado con materiales de la zona, decorado con bordados de motivos selváticos y de semillas unidas que cuelgan desde el adorno en una extensión de 20 cm que llegan a cubrir ligeramente el rostro del danzante, aportando un carácter distintivo a la vestimenta.
Estos elementos de vestuario no solo confieren estética a la danza, sino que también funcionan como señales identitarias que encarnan una memoria histórica viva de la resistencia indígena y del intercambio cultural entre pueblos andinos y amazónicos.