Durante el período preincaico, el territorio de Quiquijana estuvo influenciado por diferentes etnias provenientes del Cusco que llegaron a la zona como parte de procesos de expansión y ocupación cultural. Entre ellas se encontraban los Ayarmacas-Pinaguas, cuya presencia se vincula con la influencia Wari aproximadamente hacia el siglo XII, llegando a establecer asentamientos en este territorio.
Al respecto, Rostworowski (1999) señala que los Ayarmacas desempeñaron un papel importante en los inicios del Cusco y mantuvieron enfrentamientos con los Incas hasta el surgimiento del Tahuantinsuyo. Posteriormente, fueron relegados al rango de curacas locales y continuaron siendo reconocidos en diversos registros administrativos durante el período virreinal, hasta convertirse finalmente en comunidades campesinas reconocidas oficialmente en el siglo XX. En este contexto histórico, se plantea que durante el período incaico se desarrollaron ritos de iniciación dirigidos a los jóvenes, prácticas que, a través de procesos de transformación cultural y sincretismo, podrían guardar relación con algunos elementos presentes en la actualidad en la Danza La Capitana o P’asña Marcha y el Malqo.
La Danza La Capitana o P’asña Marcha es una manifestación folclórica de carácter guerrero, autóctona y representativa del distrito de Quiquijana. Se ejecuta tradicionalmente cada 30 de agosto, en el marco de las festividades en homenaje a Santa Rosa de Lima, frente a la Iglesia de la Virgen de la Inmaculada Concepción y el templo mayor de San Pedro Apóstol. En su representación participan principalmente jóvenes solteras de la capital del distrito y de sus diferentes comunidades, a partir de los 14 años de edad, quienes son guiadas por una maestra encargada de su preparación. Tradicionalmente, la participación en la danza estaba vinculada también a determinadas prácticas sociales, señalándose que danzar constituía un requisito para poder vender el teqte o chicha de jora en el puente de Calicanto durante las festividades.
La representación se inicia con el ingreso de La Capitana, acompañada por su Malqo, joven soltero que porta la pika, y por cuatro sargentanas, niñas de entre 4 y 10 años de edad que se ubican en las cuatro esquinas del espacio de presentación y portan pequeñas pikas. Esta participación de niñas y jóvenes constituye un elemento importante para la transmisión de la manifestación y el relevo generacional.
La danzarina viste una falda en tubo y corpiño, además de portar una pika de aproximadamente 2,50 metros de longitud. Al inicio de la presentación, libera una paloma blanca adornada con cintas de colores, elemento que simboliza la pureza y la inocencia. Posteriormente, se realiza la oración denominada LOVA, dando paso a la ejecución de la coreografía al ritmo del arpa y el violín.
El principal elemento distintivo de la danza es el dominio, equilibrio y manejo de la pika. Durante la ejecución, la danzarina coloca y mantiene este elemento en diferentes partes del cuerpo, como la frente, la boca, los pómulos, los brazos, las palmas, las manos y los dedos, sin permitir que caiga al suelo. Esta demostración requiere coordinación, concentración, equilibrio y destreza física, y representa simbólicamente valores asociados a la valentía, el coraje y la capacidad para afrontar desafíos, otorgando a la manifestación su característico carácter guerrero.
El interés turístico de esta expresión cultural radica en su continuidad como manifestación viva, en la posible transformación de antiguos ritos de iniciación de jóvenes, en su carácter festivo y religioso y en la presencia de elementos de sincretismo cultural. Asimismo, la espectacularidad de su coreografía, el manejo de la pika y la participación activa de niñas, jóvenes, familias y demás pobladores constituyen elementos que fortalecen su valor como expresión cultural y atractivo para el turismo cultural.