La Herranza Comunal de Ovinos de Masajcancha, es una de las expresiones culturales más profundas y vivas de los pastores altoandinos de la provincia de Jauja. Esta festividad, cuyas raíces se remontan a los antiguos rituales prehispánicos vinculados a la fertilidad y la reciprocidad con la naturaleza, comienza al despuntar el alba con una significativa muestra de hospitalidad comunitaria. En este primer acto, la comunidad campesina de Masajcancha comparte con comuneros, invitados y visitantes un tradicional desayuno a base de patasca de carnero. Este nutritivo y reconfortante caldo, servido con generosidad, revitaliza el cuerpo y dispone el espíritu para la intensa jornada de fe, tradición y celebración que está por desarrollarse.
Posteriormente, la comunidad entera emprende una caminata ritual de aproximadamente 20 minutos con dirección a su “puquial madre”, manantial que abastece de agua a todo Masajcancha. Este lleva el nombre de “Janampa Ujo”, según la tradición local, comparte su trabajo tutelar con una guardiana mítica llamada “Natasha”. Ambos considerados apus protectores de la comunidad (los pueblos andinos actuales consideran que las montañas, lagunas, manantiales y otros, son seres vivos y espíritus protectores).
Al llegar al lugar, se realiza una reverente ofrenda a la tierra, un pago místico destinado a agradecer tanto la pureza del elemento líquido como la fertilidad que otorga a los campos y al ganado. Este momento sagrado es enaltecido por las imponentes notas de la orquesta típica del Santiago del Valle del Mantaro, cuya música envuelve la ceremonia en un ambiente de profunda devoción y fervor festivo. La agrupación musical, resulta indispensable en la identidad de la Región, suele estar compuesta por un promedio de 12 a 15 músicos profesionales. Sus instrumentos son particulares y equilibrados, incluye habitualmente entre 4 y 6 saxofones (altos y tenores) que guían la melodía con fuerza, 3 a 4 clarinetes que adornan el compás, un arpa andina que sostiene la armonía baja, y 1 a 2 violines que aportan nostalgia a la música, creando una atmósfera sonora vibrante que resuena con eco en la quebrada.
Tras culminar los ritos en el manantial, la comitiva regresa con algarabía a la granja comunal de ovinos de Masajcancha. Allí, tras un brindis general para celebrar el reencuentro, se procede a extender la mesa andina sobre el suelo del corral. Para esto utilizan las “Uwish Cata”, que son mantas tradicionales de lana, características de la provincia de Jauja, tejidas con colores locales; sobre ellas se colocan abundantes hojas de coca y cajetillas de cigarros como ofrenda ritual, dando inicio a la “mishkypa” o masticado ceremonial de la coca, un espacio de conversación y conexión espiritual entre los asistentes.
El momento culminante de la festividad llega con el marcado de los ovinos, una práctica ancestral cargada de simbolismo que reafirma los vínculos de pertenencia, prosperidad y continuidad de la actividad ganadera comunal. En medio de un ambiente festivo, los comuneros toman a los animales, bailan alegremente con ellos contagiados por el ritmo del Santiago, y luego los acuestan con delicadeza en el suelo para cubrirlos con las uwish catas. Este acto es un ritual simbólico que representa la fertilidad y la multiplicación del rebaño. Lejos de ser un proceso estresante, los ovinos son agasajados y mimados por las mujeres y varones de la comunidad con diversos alimentos de su agrado, como harinas finas, dulces y galletas especiales.
Cumplido el rito central del marcado y las ofrendas ganaderas, la tarde da paso a una gran celebración general. La granja comunal se transforma en un gran escenario público donde la fiesta continúa sin pausa, amenizada por artistas folclóricos invitados y música en vivo. Entre bailes costumbristas, zapateos vigorosos y constantes brindis de confraternidad, Masajcancha reafirma su hermandad e inquebrantable vínculo con la tierra y sus animales.